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  La batalla por la información

La información de la Task Force

La Task Force era, ahora, consciente de sus grandes deficiencias en este aspecto. Al no disponer de la información satelital y/o electrónica (Big Bird y otros satélites), complementada por nuestras acciones de desinformación y contrainformación, debían confiar en la búsqueda de observadores visuales en tierra, submarinos y los elementos electrónicos embarcados, de poco alcance, a costa de arriesgar valiosos buques en posiciones de piquete radar. A esto se debió que tuvieran que comprometer acciones peligrosísimas, desde el punto de vista político, estratégico y militar, como fue la de helitransportar grupos comandos a Punta Arenas (Chile), a fin de lograr información relativa a nuestro despliegue y movimientos aéreos.


La información propia

Por su lado, la FAA que, como hemos dicho, no estaba preparada para operar en un Teatro de Operaciones marítimo de tan grandes proporciones ni contra objetivos navales en constante desplazamiento, también sufría la carencia de inteligencia operativa. Para subsanar la deficiencia, puso esfuerzo, y sobre todo imaginación. Se contó para ello con los medios aéreos que efectuaron las misiones de exploración y reconocimiento sobre prácticamente todo el Atlántico Sur y con el sistema de vigilancia del espacio aéreo que desplegó el Comando de Defensa Aérea a lo largo del litoral marítimo y en las Islas.

El centro de gravedad de la vigilancia del espacio aéreo descansó en los radares móviles Westinghouse TPS 43 de la FAA que, convenientemente ubicados en las bases patagónicas y uno en Malvinas permitieron controlar la mayor parte del área cubierta por el Teatro de Operaciones Austral. En Puerto Argentino, además, se contó con la invalorable colaboración de un radar de vigilancia TPS 44 Cardión del GADA 601 del Ejército Argentino. No obstante la eficiencia del equipamiento citado, si se piensa que se debía defender una isla en el Atlántico Sur sin ninguna posibilidad de adelantar un buque de alerta temprana, por falta de dominio del mar, y se consideran los 5.000 km que separan a las Malvinas de la Isla de Ascensión, de donde despegaron los bombarderos Vulcan, se comprenderá que los escasos 300 km cubiertos por los sensores argentinos eran prácticamente insignificantes.

Como un complemento del sistema de vigilancia se desplegaron en las islas y en el litoral continental austral, Redes de Observadores del Aire (ROA) que, bien enlazadas y centralizadas, obtuvieron no sólo en la observación aérea, sino también, importantísima información sobre los movimientos navales y terrestres. En las islas, la ROA estuvo conformada por dos redes que operaron en forma independiente: una principal, que cubría más de la mitad de la isla Soledad, constituida casi en su totalidad por radioaficionados civiles de la provincia de Córdoba, dependiente del CIC Malvinas; y una red local de la BAM Cóndor en Darwin, integrada por personal militar superior de la Fuerza Aérea. Por su parte, la Armada utilizó dos aviones Neptune que, agotados materialmente, volaron hasta el 15 de mayo. A las 09:30 de ese día, uno de ellos ubicó dos formaciones navales: Un grupo, en los 52º 33' S / y 57º 40' O, otro en 52º 48' 05" S / y 57º 31' 05" O.